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Jueves 19 Julio de  2018 04:25

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Tiene 71 años y trabaja en el Hospital Posadas hace 46 años. Lidia Cáceres ya sabía qué quería estudiar cuando fuera grande: medicina. Logró cumplir el sueño de formarse en lo que tanto le fascinaba de chica y combinar así sus dos pasiones: la neurología y la pediatría. Hace 46 años trabaja en el Hospital Posadas, en la zona oeste del conurbano bonaerense, donde gracias a su dedicación y compromiso se convirtió en jefa de Neurología Pediátrica. Ingresó muy joven como residente y nunca más se fue. Hoy, a sus 71 años, a pesar de estar jubilada, sigue trabajando de forma voluntaria en este lugar donde conoció a personas que siente como una “ampliación de la familia”. “Esto es lo que realmente me gusta y si pudiera empezar de nuevo mi vida, elegiría lo mismo”, asegura convencida. Con una sonrisa, explica el motivo por el cual decidió seguir trabajando luego de la jubilación: “Tengo pacientes que sigo hace muchos años y prefiero continuar atendiéndolos yo, y ellos lo quieren así también. Lo que pasa con los pacientes crónicos es que se genera una relación muy especial y cercana. Ellos se apoyan en mí y yo siento la satisfacción de hacer todo lo posible para que estén mejor”. Confiesa que le gusta ayudarlos a resolver los problemas con los que llegan al hospital, a que vivan mejor y acompañarlos. Y, entre algunas de estas personas que llenan su alma, menciona a una mujer que atiende hace 33 años y a su mamá, María Sol, quien la considera un apoyo fundamental. Lidia no tiene dudas: aunque fuera por uno solo de sus pacientes, cree que vale la pena seguir yendo al hospital. Otra de las cosas que más disfruta es el contacto con niños y adolescentes y, sobre todo, escucharlos. En este sentido, le parece clave entablar un buen diálogo con ellos para lograr el mejor tratamiento posible. “A veces pasa que el médico se dedica a hablar solo con la mamá o un familiar cuando, en realidad, los datos que nos puede aportar ese chico son muy importantes para el enfoque del problema – asegura – Además, lográs una confianza que te permite examinarlo mejor, porque el chico pierde el miedo y así se generan mejores resultados”. A pesar del amor que siente por su vocación, admite que la profesión también implica sus sacrificios. Madre de dos hijos y abuela de seis nietos, en muchos momentos de su carrera Lidia tuvo que resignar actos escolares y otros compromisos familiares para estar junto a sus pacientes en un hospital con una alta demanda, el cual abarca un área de influencia de 6 millones de habitantes aproximadamente. Por otro lado, en los centros de salud periféricos, muchas veces no existe la especialidad de neuropediatría o hay un único especialista que no da abasto, por lo que terminan derivando a los pequeños pacientes al Posadas. Por un tiempo Lidia también trabajó los fines de semana. “En una época nuestro horario incluía los sábados a la mañana, entonces yo traía a mi hija que se quedaba al lado mío en el consultorio”, recuerda. Orgullosa, cuenta que su hija siguió los mismos pasos que ella y hoy también es médica. Más allá de atender a los pacientes en el consultorio, Lidia se dedica a la actividad docente y comparte sus conocimientos con becarios y alumnos de la UBA que estudian neurología infantil. Con ellos se reúne semanalmente y les brinda asesoramiento. “Me gusta transmitirles a las nuevas generaciones lo que sé y aprendí”, afirma. ¿Cuántos años más se imagina en el Hospital? “Mi salud dirá, mientras me funcione la cabeza y me pueda trasladar, voy a seguir viniendo”, concluye decidida.

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