El consumo de sustancias psicoactivas engloba tanto a las legales, como el alcohol, la cafeína, la nicotina, psicofármacos y ciertos medicamentos para aliviar el dolor (por ejemplo, tramadol), como a las ilegales, entre las que se encuentran la marihuana, la heroína, el LSD, la cocaína y las anfetaminas, entre otras.

En cuanto al consumo de estas sustancias en adolescentes de 12 a 17 años, el principal problema que tenemos hoy es el del alcohol. En promedio, lo empiezan a consumir a los 13 años y medio, según datos de la Sedronar. Además, ese mismo informe revela que la mitad de los adolescentes que consumió alcohol durante el último año lo hizo de un modo riesgoso.

“Las cifras son alarmantes y muy por encima de las de otros lugares del mundo. Esto nos dice que en Argentina no estamos cuidando a los adolescentes”, afirma Carlos Damin, jefe de Toxicología del Hospital Fernández, profesor de toxicología de la Facultad de Medicina de la UBA y director de la Fundación niños sin tóxicos, Fundartox.

El segundo problema más grave en esta franja etaria es el consumo de marihuana. En promedio, empiezan a consumir entre los 13 y 14 años. Además, su consumo se triplicó entre 2010 y 2016, según datos de Sedronar. De acuerdo al último informe (2017), el 15,9% consumió alguna vez en la vida y el 11,8% durante el último año. Además, el 14,5% de los estudiantes de educación media que consumen marihuana presentó un consumo riesgoso alto.

De acuerdo a los especialistas, esto se da porque la percepción de riesgo es baja (38,2% para la marihuana y 10% para el alcohol). “El consumo de marihuana es un problema grave que tenemos y que tiene que ver con la subestimación o banalización de sus efectos. Hoy tenemos una generación de padres que va desde los 30 a los 50 que consume marihuana como moneda corriente y no ve como algo preocupante que sus hijos adolescentes la consuman. Sin embargo, lo es porque tiene efectos nocivos sobre su salud física, psíquica e intelectual”, explica Damin.

En tercer lugar, el consumo de psicofármacos (ansiolíticos, hipnóticos y sedantes, antipsicóticos, tranquilizantes, antidepresivos, antiepilépticos) se intensificó a partir de la pandemia. “Su consumo abusivo (y sin receta médica) entre adolescentes es alarmante”, afirma Damin.

Según este especialista,, “junto con el consumo de psicofármacos aparece, entre los 16 y 17 años, el consumo incipiente de sustancias sintéticas que son producidas a partir de sustancias químicas en laboratorios clandestinos (LSD, metanfetaminas, fenciclidina y derivados, GHB, spice, derivados de fentanilo y meperidina) y finalmente de cocaína”.

Otro consumo preocupante es el de tabaco: el 20% de los jóvenes entre 13 y 15 años lo consume y más de la mitad (54,2%) muestra signos de dependencia. En cuanto a la edad de inicio, el 56,9% comienza a los 12 o 13 años, según la encuesta mundial sobre tabaco realizada en Argentina en 2018. El mismo estudio revela que el 7% consume cigarrillo electrónico. En la web de la Sedronar, además de advertir sobre sus efectos nocivos sobre la salud, se subraya que “es muy preocupante la popularidad que los cigarrillos electrónicos están adquiriendo entre los adolescentes, por la facilidad del acceso, su atractiva publicidad, la variedad de sabores de los líquidos y la creencia de que son más seguros que los cigarrillos tradicionales”. Lo mismo ocurre con el uso de vapeadores que utilizan un sistema muy similar con algunas diferencias: al usar una batería más grande, duran más que los cigarrillos electrónicos.

Finalmente, aparece el consumo de bebidas energizantes que contienen sustancias estimulantes como cafeína, taurina y gran cantidad de azúcar, como otro consumo problemático. Según los especialistas, su consumo es especialmente preocupante cuando son consumidas junto con bebidas alcohólicas con la finalidad de aumentar la tolerancia al consumo de estas últimas.

Entre las principales señales, los especialistas consultados para la realización de esta guía (detallado al final) remarcan:

Señales emocionales y sociales:
Cambios en sus vínculos: empieza a tener mala relación con quienes normalmente se relacionaba bien. Esto se produce con frecuencia porque prefieren evitar a las personas que podrían plantearles cara a cara la necesidad de que modifiquen ciertos comportamientos. También suelen aparecer nuevas «amistades».
Ausencias y desgano: suelen darse en actividades que antes la persona disfrutaba, como reuniones familiares y salidas con amigos.
Inestabilidad emocional o cambios repentinos en el estado de ánimo: mal humor, irritabilidad, hostilidad, excitación, depresión, ansiedad, falta de voluntad, estado de alerta permanente, ira, tristeza, desgano, dificultad para la concentración, insomnio y cambio de hábitos en el sueño.
Estados de confusión o de paranoia o de exaltación repentina.
Guardar secretos: tanto sobre las llamadas telefónicas como respecto a dónde estuvo
Horarios para dormir irregulares
Problemas en el trabajo o la escuela: conflictos, bajas en el rendimiento y faltas a clase. Puede darse un abandono de los estudios.
Relatos que se contradicen: los engaños comienzan a hacerse más visibles. Mentiras, ausencias injustificadas del hogar, cambio en su rutina, conductas extrañas, aislamiento.
Negarse a reconocer los efectos nocivos del consumo de sustancias.

Signos físicos
●Ojos enrojecidos, pupilas dilatadas
●Falta de interés en la higiene personal y aspecto descuidado. Muchas veces dejan de ir al médico, al odontólogo, de hacer actividad física.
●Arrastrar las palabras
●Pérdida o aumento del apetito
●Movimientos descoordinados
●Ojeras
●Resfriados y tos frecuentes
●Pérdida de peso
●Somnolencia
●Temblor

Hay ciertas prácticas y actitudes que como padre podés llevar adelante para ayudar a que tu hijo no caiga en consumos problemáticos, según detallan los especialistas consultados para la realización de esta guía:.

Hacé visible con tu ejemplo la importancia de cuidarse: la mejor forma de que los chicos aprendan a cuidarse es haciendo consciente el cuidado de la salud en casa. “Si un papá se cuida con el alcohol que consume, nunca toma alcohol cuando maneja, hace ejercicio físico, se cuida con lo que come, si todo eso es importante en la casa, los chicos entienden entonces que cuidar la salud es valioso y es probable que cuando salgan y alguien les ofrezca un cigarrillo de marihuana o una cerveza sepan decir que no, porque lo aprendieron en casa”, explica Damin, jefe de Toxicología del Hospital Fernández y profesor de toxicología de la Facultad de Medicina de la UBA.

Hablá con tu hijo sobre las consecuencias para la salud: es importante hablar sobre la gravedad del consumo de sustancias sin minimizar sus consecuencias. Es clave que los chicos sepan con claridad cuáles son los efectos de consumir alcohol, tabaco, medicamentos, marihuana y cocaína, por ejemplo. «Además de los efectos sobre la salud, hay que explicarles que cuando estás bajo los efectos de alguna sustancia tóxica, podés llegar a consentir situaciones que en condiciones normales no aceptarías, como el sexo sin cuidados o cualquier otro tipo de situación que implique ponerse en riesgo», grafica Damin.

Poné límites: según Damin, la idea de algunos padres que dicen “prefiero que consuma en casa a que lo haga afuera” perjudica a los chicos y alimenta el problema. Los chicos precisan límites claros y uno de ellos es explicarles que en casa tampoco deben consumir ni alcohol ni sustancias. La otra idea equivocada de aquellos padres que argumentan que «si no transo, mi hijo se queda afuera porque el resto lo hace» denota una enorme dificultad de los adultos para poner límites. «La etapa adolescente se caracteriza por el impulso a desafiar los límites. Si no encuentran límite, van por más. Y lo que está en juego es su salud y su futuro», alerta Gabriela Torres, titular de la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación (Sedronar).

Acompañalo de cerca: “A un hijo hay que poder verlo cuando llega un sábado a la noche de una salida. No alcanza un WhatsApp que nos diga que está bien en la casa de un amigo. Hay que verlos, tocarlos y olerlos, que el chico sepa que hay alguien que está controlando cuando vuelve a su casa”, opina Damin.

Enseñale a registrar y expresar sus emociones: empezá desde pequeño a enseñarle a identificar y poner en palabras sus emociones. Esta habilidad le será de gran ayuda en la adolescencia, ya que le brindará herramientas para no tapar sus problemas (tristeza, dolor, frustración) mediante el consumo de sustancias tóxicas.

Fomentá el autoconocimiento vinculado a la autoestima: la autoestima es el sentimiento del propio valor, el respeto por uno mismo. María Pía del Castillo, directora de la Fundación Padres, puntualiza: “Si uno no aprendió a valorarse, a comunicar lo que le pasa, si anda por la vida sintiéndose no valioso, sin límites, esa experimentación puede ser el primer paso hacia otras cosas”, alerta.

Generá un espacio de confianza y evitá que sea un tema tabú: es importante que el tema consumos esté habilitado para conversar y que se pueda hablar del asunto con naturalidad. En esa línea, Damin cree que es importante que los chicos sientan la confianza de poder contar en casa si probaron alguna sustancia. “Si yo lo trato como un tema tabú y le digo a mi hijo ´ni se te ocurra, ni se te ocurra´, es muy poco probable que cuando lo haga me lo cuente”, enfatiza.

Estate alerta a sus amistades: en ocasiones, los chicos se inician en el consumo para evitar cargadas u otras situaciones de acoso si se niegan a hacerlo. Por eso la directora de Fundación Padres aconseja: “Es fundamental darles herramientas para que puedan tomar decisiones y mantenerlas sin ceder ante las presiones del grupo. La necesidad de pertenecer al grupo es central en la adolescencia”.

Prevé situaciones y cómo se podrían afrontar: escuchar a los chicos y a las chicas sin juzgar. Si nos cuentan que ingirieron alguna sustancia, primero los ayudamos a recuperarse y luego vamos viendo, juntos, qué fue lo que pasó. Cada evento necesita varias conversaciones acotadas, no se puede agotar un tema de una sola vez; hay que retomar, preguntar, mostrar interés por amigos, anécdotas, etc. Eso aumenta la confianza.

Generá nuevos acuerdos sociales entre los adultos: hablá con los padres de su grupo de amigos o compañeros para generar estrategias de contención y cuidado. «Una madre o un padre conscientes sobre la seriedad del tema, que buscan acompañar y, de ser necesario, poner límites, no pueden, si están solos, contra todo un sistema en donde prima la permisividad extrema. Si un adulto decide que en el cumpleaños de su hijo o hija los chicos no consuman alcohol, pero eso sigue sucediendo en el resto de los cumpleaños del grupo, lo único que consigue es que los chicos no vayan al cumpleaños de su hijo o hija. En cambio, si todos los padres se ponen de acuerdo, el panorama es otro», reflexiona Gabriela Torres, de la Sedronar.

Ayudalo a ser crítico frente al bombardeo de las publicidades, canciones y medios de comunicación que relacionan el consumo de sustancias con la diversión y la alegría: “Es importante que los jóvenes entiendan que quien padece consumos problemáticos no vive en un estado “de fiesta” como suelen transmitir muchas publicidades o personajes famosos, sino más bien lo contrario: prevalece el estado depresivo que conlleva sufrimiento”, enfatiza el especialista Federico Pavloski, médico psiquiatra, fundador del dispositivo Pavlovsky.

Según Carlos Damin, jefe de toxicología del Hospital Fernandez, “el consumo se torna problemático cuando existe abuso o dependencia. No sucede lo mismo cuando el consumo es esporádico (como es el caso de quienes consumen de forma experimental, 1 a 3 veces en la vida) u ocasional (1 a 2 veces al mes)”.

El abuso, en cambio, se da cuando el consumo se vuelve frecuente y excesivo.

Mientras que en la adicción, la vida cotidiana se resume en dos acciones: comprar y consumir sustancias. Lo característico es que ese consumo empieza a tomar toda la vida de la persona, afectando sus vínculos y su salud psíquica y física, entre otras cuestiones.

El consumidor habitual (que consume cada semana o varias veces en la semana) y el compulsivo (consume 1 o varias veces por día) son los más problemáticos y proclives a caer en una adicción. Se caracterizan por la necesidad, luego de un tiempo de consumo, de mayores dosis de la sustancia psicoactiva para lograr los efectos producidos originalmente por dosis menores (tolerancia) y por tener reacciones fisiológicas compatibles con el síndrome de abstinencia cuando intentan disminuir o eliminar el consumo de determinada sustancia.

Según los expertos, la adicción aparece como una válvula de escape, un «tapón» que busca dar contención a un conflicto que la persona no encuentra forma de resolver. El miedo, la falta de autoestima, la soledad, la inmadurez emocional, la inseguridad, las ganas de huir de las responsabilidades o de la realidad de la vida propia, son solo algunas de las motivaciones detrás de las adicciones.

Sin embargo coinciden en que para que una conducta se vuelva adictiva, intervienen una variedad de factores que vuelven a las personas más vulnerables, entre ellos, la predisposición genética, patologías de base y su situación familiar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *