Las autolesiones son conductas deliberadas por las alguien busca provocarse heridas, generalmente cortes en los tejidos superficiales de las muñecas, brazos, piernas, abdomen y muslos, pero también pueden ser quemaduras. Además, incluyen otras acciones, como golpearse la cabeza contra la pared o distintas partes del cuerpo con objetos, arrancarse el cabello, pellizcarse o morderse. Se trata de un fenómeno que en los últimos años creció de forma alarmante entre niñas, niños y adolescentes, y suele estar vinculado con padecimientos como la depresión, la ansiedad, los trastornos de la alimentación o límite de la personalidad, entre otros.

Cuando la angustia y el sufrimiento psíquico son muy intensos, el dolor físico, más concreto e intencionalmente provocado, es usado por las chicas y los chicos como una forma de “descarga”, que va generando un hábito compulsivo y riesgoso. Gustavo Molina, psiquiatra infantojuvenil del Hospital Pediátrico Dr. Humberto Notti de Mendoza, detalla que se produce un aumento de la dopamina y la noradrenalina, dando una ligera sensación de euforia que disminuye la angustia que los atraviesa: “Cuando les preguntás por qué lo hacen, te dicen que sienten un vacío en el pecho o muchas ganas de llorar: ´Me voy a volver loco y esto me calma’. En realidad, la lesión produce una descarga de neurotransmisores que anestesia la sensación de vacío y la angustia ominosa que los invade“.

Si bien la mayoría de las autolesiones no se producen con la intención de terminar con la vida, son manifestaciones de un sufrimiento profundo y se encuadran dentro de las llamadas “conductas parasuicidas”, que jamás deben ser minimizadas. “La posibilidad de empeoramiento siempre está. Si entrevistás a un chico que te dice ‘me autolesioné, pero no me quiero morir’, no es un certificado de que después eso no vaya a pasar. Si no es atendido, existe la probabilidad de que desemboque en conductas cada vez más dañinas”, resume Molina.

Desde su experiencia en la guardia del Hospital de Niños Pedro de Elizalde, de CABA, la psiquiatra Pilar Fernández, suma: “A veces hay chicos que vienen con intentos de suicidio graves y que tienen antecedentes de que se venían cortando hacía bastante tiempo. Cuando las autolesiones aparecen sin que haya un plan de muerte, siempre hacemos una entrevista, porque entendemos que algo les está ocurriendo, que no pueden tramitar por la palabra y pasan directamente al cuerpo: eso es una señal de alarma clara”.

Los especialistas vienen observando con preocupación una baja en la edad de las niñas y los niños con ideación e intentos de suicidio. El panorama, advierten, se agudizó no solo durante las medidas de aislamiento por la pandemia, sino sobre todo en el período que vino después, con la vuelta a las clases y el retorno a la presencialidad, que en muchos casos disparó angustias latentes. “Vemos un aumento de consultas de chicos, por ejemplo, de entre 7 y 9 años, con una sintomatología más grave, donde hay muchísima impulsividad y verbalización de ideas de suicidio”, subraya Gisela Rotblat, jefa de Psiquiatría e Interdisciplina del Servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Italiano, y coordinadora de la residencia de psiquiatría infantojuvenil de esa institución.

Por otro lado, psiquiatras y psicólogos sostienen que la motivación que lleva a pensar o intentar un suicidio en el caso de las chicas y los chicos, no siempre es la muerte, sino que se trata de una forma de buscar alivio a un sufrimiento psíquico inmenso, que no está pudiendo ser canalizado de otra forma.

La psiquiatra infantojuvenil Silvia Ongini explica que antes de los 5 años, “las niñas y los niños no tienen una conciencia de muerte como desaparición total o infinita”. A medida que van creciendo, eso cambia; y, desde los 8 o 9 años, “van a entender la muerte como una pérdida para siempre, como fin de la vida”.

¿Cuándo pueden los chicos comenzar a pensar en el suicidio como una alternativa para terminar con su sufrimiento? “Lamentablemente, empezamos a escucharlo a partir de los 6 años. Muchas veces se manifiesta tomando elementos del marco en que en esa familia se haya edulcorado alguna pérdida: por ejemplo, con frases como: ‘Me quiero ir a las estrellas y estar en un lugar de mucha paz como el abuelo, que ya no sufre y está feliz’. Son cosas que normalmente los adultos dicen para que los niños pequeños puedan tramitar el sufrimiento y darle un sentido a la muerte de un ser querido, pero ellos lo toman literal. Muchas veces escuchás que, frente a un estado de estrés importante, no es que quieren morirse, pero desean ir a ‘ese lugar de paz’”, agrega Ongini.

Conocer las señales de alerta para identificar cuándo alguien puede llegar a tener pensamientos suicidas, es una herramienta fundamental. Sin embargo, los especialistas subrayan que no todas las personas que se quitan la vida dan previamente signos, ya que muchas veces quienes atraviesan crisis profundas se esfuerzan por esconder los síntomas.

“La realidad es que a veces nos muestran una actitud de que está todo bien, nos sonríen, nos dicen que no les pasa nada. Ahí tenemos que prestar atención, buscar más en profundidad y acompañar a esa persona a consultar con un profesional”, señala Nora Fontana, psicóloga especializada en tanatología y suicidología y vicepresidenta del Centro de Asistencia al Suicida Buenos Aires (CAS).

Algunos de los signos a los que debemos ponerle atención son:

Aislamiento, como por ejemplo, alejarse de familiares o amigos.

Irritabilidad, cambios bruscos de comportamiento y altibajos emocionales. Sobre este punto, Marcos Vanzini, referente de la asociación civil Escenarios Saludables, advierte que si bien “normalmente un adolescente tiene cambios de ánimo y carácter de un día para el otro, cuando vemos que se acentúan algunos a lo largo del tiempo, a eso hay que prestarle atención”.

Sueño constante o insomnio.

Ansiedad, depresión, baja autoestima y conductas autodestructivas.

Cambios en la alimentación.

El sentirse atrapado o “ser una carga”.

Desesperanza o no poder proyectar un futuro favorecedor. Esto, particularmente en los jóvenes, puede expresarse en sus redes sociales. “Hay que prestar atención a las formas en que se manifiestan o comunican allí, qué escriben o comparten”, señala Vanzini.

Llanto inconsolable.

Descuido o abandono de la apariencia física.

Aburrimiento permanente. Dificultad para concentrarse, falta de motivación, baja en el rendimiento escolar y el que “nada le resulta interesante”.

Quejas por dolores físicos frecuentes, como de panza o cabeza.

Pérdida de interés en actividades que antes le resultaban placenteras

Comentarios como “ya no voy a ser un problema por mucho más tiempo”, “sin mi van a estar mejor” o “nada me importa”. El hablar constantemente de la muerte o tener un discurso de pérdida de sentido. “Hay que prestarle atención a la postura corporal también, si se lo nota agobiado”, señala Fontana.

También puede haber fantasías suicidas, algunas veces expresadas en forma metafórica como «me quiero ir de viaje y no volver más» y en otros casos expresadas claramente como confesión de las ideas suicidas.

Conductas de riesgo como incremento de consumo de alcohol o drogas.

Los especialistas sugieren:

Buscar siempre ayuda profesional: la ideación suicida implica un proceso de mucho peligro, que no siempre puede ser identificado por familiares o amigos, sino por profesionales. Por eso, cuando vemos una situación que nos parece rara o nos llama la atención, no tenemos que dudar en buscar ayuda. “También pueden llamarnos a nosotros para que les demos una orientación calificada a través de voluntarios preparados para hacerlo, hasta que el médico o profesional pueda ver a la persona”, detalla Nora Fontana, vicepresidenta del Centro de Asistencia al Suicida Buenos Aires (CAS), que brinda una respuesta gratuita, anónima e inmediata. Es una primera ayuda ante una situación de emergencia que no reemplaza el recurrir a un profesional.

Hablar abiertamente de la problemática: “¿Alguna vez pensaste en quitarte la vida?” es una pregunta que no debemos esquivar hacer cuando lo consideramos necesario. Preguntar sobre la existencia de ideas suicidas no incrementa el riesgo: al contrario, puede ser la única oportunidad de iniciar acciones preventivas. Hablar sobre lo que le está sucediendo a la persona puede contribuir a reducir la tensión psíquica que supone la ideación de muerte y a que sienta que no está sola y que su dolor no nos resulta indiferente.

Tener una escucha activa: mostrarnos receptivos, presentes e incondicionales es fundamental para quien está atravesando una crisis profunda. La escucha es indispensable y en muchos casos las líneas telefónicas de atención se vuelven herramientas importantes para acompañar en momentos de desesperación, no solo a las personas en riesgo, sino también a familiares o amigos.

Entender que no podemos dar soluciones mágicas, pero sí ayudar a buscar respuestas: el suicidio es multicausal y lo que hay detrás, en todos los casos, es una sensación de dolor existencial profundo que se percibe como interminable. “Creemos que la persona que piensa en el suicidio no quiere acabar con su vida, sino acabar con el dolor”, reflexiona Marcos Vanzini, referente de la asociación civil Escenarios Saludables. Por eso, considera clave que uno pueda “acercarse de alguna manera, prendiendo luces en esa oscuridad, haciendo notar que ese dolor se ve y que hay esperanzas o que, si bien uno no tiene una respuesta, se compromete a estar al lado de la persona para buscarla”.

No dejar sola a la persona: hasta que pueda recibir ayuda profesional, no debemos separarnos de quien está en riesgo. Es clave que familiares y amigos puedan establecer “turnos” en caso de que alguien no pueda acompañarla de forma constante hasta ver al especialista.

Mostrarnos empáticos: evitar juzgar, criticar, contradecir o minimizar los problemas o sentimientos de quien tiene ideas suicidas. El objetivo es ayudar a que la persona encuentre otras soluciones, a que logre visualizar que hay otros caminos posibles.

No esperar a que el dolor sea intenso para intervenir: es fundamental que estemos atentos al dolor del otro y no esperar a que la persona esté en riesgo de vida para intervenir. Vanzini subraya la importancia de la comunidad: “Entre medio de la persona que está en riesgo suicida y un profesional de la salud que lo pueda acompañar en un proceso más hondo, está la comunidad, que es la primera que puede darse cuenta que está en ese riesgo, prestar una ayuda, estar presente y romper el aislamiento que muchas veces encierra a la persona con riesgo suicida”.

Agudizar la desconfianza: cuando alguien nos dice “está todo bien” a pesar de lo que nosotros estemos percibiendo, es fundamental interpelarlo. Poder decirle a la persona: “No te creo que no te pasa nada, no te veo bien”, para poder ahondar en sus sentimientos y no quedarse solo con lo superficial.

Si no sabemos qué decir, admitirlo: Frases como “mirá, no sé qué decirte, pero vamos a acompañarte, a tratar de ayudarte para que puedas encontrar una solución y un poco de luz en este túnel oscuro” son, para Vanzini, una forma de estar presente y no ir “con soluciones armadas o consejos”.

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